Hacía doce años que en Turquía no se veía una protesta tan importante contra el Gobierno islamista y contra su presidente, Recep Tayyip Erdogan, como la que se vive estos días, después de la detención y encarcelamiento preventivo del líder de la oposición, Ekrem Imamoglu, también destituido de su cargo de alcalde de Estambul.
El jefe del Estado ha apostado por la represión, la violencia y las detenciones masivas. Entre los más de 1.400 encarcelados hay siete periodistas, mientras que decenas de informadores han sido agredidos y diversos medios han recibido amenazas y sanciones. Todo ello para contrarrestar a los cientos de miles de personas que, desde hace una semana y pese a la prohibición gubernamental, se han manifestado para apoyar a Imamoglu, líder del Partido Republicano del Pueblo (CHP), y denunciar que las acusaciones contra él son falsas y solo tienen como objetivo apartar de la escena política a quien está considerado como la bestia negra de Erdogan y el único político capaz de derrotarle en las urnas. El CHP convocó ayer a sus seguidores por última vez ante el Ayuntamiento de Estambul, afirmando que a partir de hoy promoverá otras formas de protesta en todo el país.
Los turcos parecen haber roto la barrera del miedo que Erdogan ha levantado con su régimen. Los manifestantes condenan su autoritarismo y sus métodos para silenciar aquellas voces que se enfrentan a su poder. Imamoglu ya era una piedra en el zapato de Erdogan desde que le arrebató la alcaldía de Estambul en el 2019, tras un cuarto de siglo de dominio del islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Este, pese a lograr que los comicios se repitieran, se vio de nuevo superado por Imamoglu por más de un millón de votos. Erdogan dijo en su momento que “quien gana Estambul, gana Turquía”, unas palabras que llegaría a lamentar.
El elevado número de manifestantes refleja el creciente descontento, no solo económico por la inflación, de la población con un Erdogan que lleva más de dos décadas en el poder, sumando sus periodos como primer ministro y como presidente. Ahora, además, está moviendo los hilos para reformar la Constitución y poder presentarse a un nuevo mandato en la jefatura del Estado. Su rival en esas presidenciales, a celebrar en el 2028, iba a ser precisamente Imamoglu, el líder socialdemócrata que encabeza el partido que fundara Mustafá Kemal Atatürk , en 1923.
El presidente intensifica la represión para anular a la oposición y ampliar su presencia en el poder
Por eso ha decidido acusarlo ahora de corrupción, extorsión y colaboración con terroristas. Es significativo que, un día antes de que Imamoglu fuera detenido, la Universidad de Estambul le retiró su licenciatura en administración de empresas, obtenida hace 31 años, por supuestas irregularidades. Da la casualidad de que la Constitución turca exige que el jefe del Estado tenga estudios superiores. Además, si es condenado por alguno de los cargos que se le imputan, tampoco podrá presentarse. Por ello la oposición acusa a Erdogan de “intentar dar un golpe de Estado” al detener a sus rivales políticos.
Erdogan ha elegido este momento por diversos factores. Imamoglu era ya una clara amenaza política para el presidente turco y apartarlo de la circulación descabeza a una oposición que justamente el domingo había votado en primarias que sea el candidato presidencial del CHP. Imamoglu ha conseguido, además, ampliar la base laica del CHP, atrayendo a votantes más piadosos y conservadores, que tradicionalmente habían votado al AKP.
El dominio total que Erdogan ejerce de los resortes del Estado, desde la policía hasta la judicatura, en la que ha purgado a miles de magistrados, pasando por la mordaza a los medios de comunicación, le permite controlar con impunidad los pasos a dar para superar la línea que va del actual autoritarismo competitivo, en el que, a pesar de todo, existen elecciones libres, a una autocracia total, como la rusa.
No solo quiere Erdogan anular a la oposición, sino modelarla a su medida, decidiendo qué candidatos pueden enfrentarse a él en las urnas. En definitiva, una oposición sistémica leal al Gobierno. Y tampoco es casualidad que maniobre ahora justo cuando el PKK, el partido de la guerrilla kurda de Turquía, ha decidido entregar las armas y acabar con la lucha armada, lo que supone una victoria política para el presidente.
El líder turco decide pasar la línea que separa el autoritarismo competitivo de la autocracia total
Casi diez años después de la brutal purga como venganza por el fracasado golpe de Estado contra él en el 2016, el interrogante ahora es si las actuales maniobras de Erdogan lograrán su objetivo de prolongar su control del poder más allá del 2028 o si los acontecimientos de estos días pueden ser el principio del fin de su autoritarismo y nacionalismo islamista.