En el verano del año 2019 y después de 118 años de existencia, el Real Madrid decidió al fin equipararse al resto de grandes clubs europeos y crear su propio equipo profesional femenino. Lo hizo de una manera sui generis, absorbiendo la plaza del CD Tacón en Primera División, ahorrándose la pesadez del ascenso vía meritocracia a cambio del pago de 300.000 euros, calderilla para el club de Florentino Pérez. Aquel método poco ortodoxo de hacerse un sitio entre la élite ha acabado marcando el devenir de aquella epifanía, anunciada con una pomposidad en la capital de España a la que no han acompañado los hechos.
La irrupción del Madrid en el fútbol femenino no ha hecho cosquillas al FC Barcelona, club que, al igual que otros como el Espanyol, el Athletic Club o el Atlético, posee una mayor tradición, de ahí que el salto cualitativo hacia la profesionalidad se produjera de forma natural. Primero con la apuesta de la directiva de Josep Maria Bartomeu y ahora con la de Joan Laporta, la progresión del primer equipo y su ejemplar internacionalización han dado como resultado numerosos títulos (9 Ligas y 3 Champions, entre otros), así como cuatro Balones de Oro, repartidos entre Alexia Putellas y Aitana Bonmatí. Más allá de los réditos deportivos y económicos, ambos incuestionables, la ganancia reputacional es de un valor incalculable, acompañada de una transformación social (niños y niñas quieren ser y tener la camiseta con el nombre de sus ídolos) imparable.
El Real Madrid femenino está lejos de esos parámetros de éxito porque nació de forma forzada, fruto de la presión social y mediática antes que por un impulso motivado por la autenticidad. Fue una obligación y no una vocación real. El interés de Florentino Pérez por el Madrid femenino es escaso, algo que no se disimula por cuanto su imagen apenas aparece vinculada al equipo de mujeres. Ni siquiera acudió a la final de la Supercopa del pasado domingo disputada en el madrileño Leganés. Por otra parte, no da la sensación de que el entrenador, Alberto Toril, sea sometido a examen permanente como lo es su homólogo en el conjunto masculino Carlo Ancelotti. ¿Hubiera sobrevivido al puesto el técnico italiano si en los últimos 16 clásicos el cómputo global fuese de 16 derrotas y un balance goleador de 58 goles en contra y solo seis a favor, desequilibrio acentuado en los últimos siete enfrentamientos, en los que el Madrid no ha sido capaz de anotar un solo tanto?
El Madrid sigue empleando su presupuesto fichando jugadoras en cada mercado de verano pero detrás de eso no se advierte un plan sólido. Ni siquiera la intención de promocionar el equipo de mujeres entre sus socios. La política comunicativa limita las entrevistas de las futbolistas y mientras estadios como el Camp Nou, el Metropolitano, San Mamés o Cornellà se han abierto puntualmente para amplificar un fenómeno en permanente ascenso, con la selección española campeona Mundial, el Bernabéu sólo se reserva para hombres.

Patri Guijarro celebra uno de los cinco goles del Barça contra el Madrid en la final de la Supercopa.