La cocina catalana siempre miró a Francia. Y, en la larga lista de razones por las que hoy somos uno de los más preciados destinos gastronómicos, seguramente habría que incluir esa admiración a los padres de la alta cocina y la influencia por la mera proximidad geográfica. Sin embargo, el país vecino no contagió una de sus particularidades más rentables: el chovinismo. De haber creído aún más en la riqueza de lo que se cuece en nuestras cocinas, de la variada e interesantísima oferta enogastronómica, de productos y lugares, quizás se hubiera defendido más en equipo, como se ha hecho en otros territorios. Pero siempre se está a tiempo de unir fuerzas y recursos para mostrar la diversidad de uno de los sectores en los que somos ejemplo de excelencia. Un patrimonio que abarca desde los bares con alma a los restaurantes más longevos; las casas que anteponen el producto cercano y sostenible; la elaboración de vinos; los restaurantes de alta cocina y los de cocina talentosa y asequible, pero también las vermuterías, las heladerías, las pastelerías o las panaderías. Una oferta fascinante de la que hemos querido reflejar una muestra en este amplio especial del Quèfem?
El reconocimiento de Catalunya como Región Mundial de la Gastronomía 2025 se plantea como una nueva oportunidad que hay que aprovechar, esta vez sí. Y no solo para mostrar al mundo esa combinación de paisajes tan distintos, ese vasto y original recetario y la convivencia entre la cocina tradicional y creativa. Este nuevo reconocimiento internacional, que se suma a tantos otros (el actual mejor restaurante del mundo según el ranking de The World’s 50 Best Restaurants es el barcelonés Disfrutar y, en su día, ya lo fueron otros dos catalanes), tiene que servir para algo más que mostrarnos al mundo. Hay que apoyar a quienes hacen posible tanta excelencia: a los pequeños agricultores y ganaderos que se dejan la piel para mantener vivo nuestro paisaje rural, a los pescadores que batallan contra mil dificultades, a quienes quieren abrir nuevos establecimientos para expresarse a través de la cocina, a quienes regentan bares y restaurantes con décadas de trayectoria que temen tener que bajar la persiana. Catalunya es rica y hay esfuerzo y talento en nuestra restauración; existe un buen nivel de formación y las escuelas de cocina están llenas. Pero esos alumnos que han elegido el sector de la restauración han de sentir que hay futuro y que todos van a la una. Y el calor de una administración que apoye todo ese talento y luche por preservar nuestra cultura culinaria. Ya no vale con fotografiar a los cocineros y cocineras y ponerlos como ejemplo de excelencia. Hay que trabajar para ayudar a todas y todos los que, desde muchos ámbitos, contribuyen a hacerla posible.