"He jugado el mejor partido de mi vida”, dijo Joan Aguilera tras barrer en la final de Hamburgo a Boris Becker, ídolo local y de los mejores de la historia. El catalán, uno de los mayores prodigios del tenis español pese a su corto palmarés, alcanzó ese 13 de mayo de 1990 el cenit de su carrera y quizá de toda una vida que este martes se apagó a los 63 años.
“Me alegro de verte otra vez arriba”, le comentó en la red Becker, recién derrotado por 6-0, 6-1 y 7-6 en una final interrumpida una hora por la lluvia, un parón que Aguilera aprovechó para dormir ante el asombro del alemán. El español, que iba a cancelar su presencia en Alemania por tener que jugar la previa, hasta que entró directo al cuadro al borrarse dos tenistas, eliminó por el camino a otros ilustres como Ivanisevic, Courier y Chang, vigente campeón de Roland Garros. Aquel título, su quinto y último, culminó un viaje que empezó con una gran irrupción en el circuito, llegando a ser número 7 del mundo, pero que siguió con una dura racha de derrotas que alimentaron su fama de indisciplinado.
El catalán, tras más de un lustro de ostracismo, alcanzó su cenit ganando el título en Hamburgo a Becker
“El mayor talento español desde Santana, el tenista que iba llegar más lejos que nadie; pero la leyenda también decía que entrenaba poco. Salvo a Nastase, yo no he visto jugar a nadie como Aguilera”, le dedicó en El País estas líneas Javier Cercas, escritor y tenista amateur. El barcelonés, que vivió literalmente dentro del Club Tennis de La Salut, era elegante, de los que hacían parecer fácil el tenis. Fue pionero en liftar la bola y su gran arma fue el revés cortado.
En 1984 parecía que iba a cumplir con los grandes pronósticos que auguraban los entendidos, campeón en Aix-en-Provence y por primera vez en Hamburgo, pero entre tantos viajes, muy poco de su agrado, también sacó tiempo para su otra gran pasión: la música y en especial tocar la guitarra y la batería con su banda de rock, Palo. Además de admirar a sus ídolos Orantes y Fernando Luna, apostado en la alambrada frente a su casa que delimitaba las pistas, también conocía al dedillo las últimas novedades musicales desde pequeño. Su larga melena de juventud acabó por darle la imagen de “golfo”, como él mismo intuía.
“El tenis requiere una labor diaria, no estar día sí y día no. Seguí una disciplina”, dijo en una entrevista en La Vanguardia, tras ganar a Becker, sobre cómo salió de “un círculo vicioso” de negatividad que le llevó hasta el número 309 del ranking. En el bar Universal firmó su último concierto como soltero antes de casarse con Paula y ponerse como meta regresar a la élite del tenis, un objetivo que inició con el título de Bari (1989), continuó con el de Niza (1990) y finalizó con su segundo entorchado en Hamburgo, el primero de la categoría Superserie, ahora Masters 1000, de un español.
“Ahora llevo un horario que mantengo casi siempre. Si me voy a dormir a las cuatro de la madrugada, que pasa muy poco, después estoy fatal. Me gusta tomar un buen vino en una cena con mi mujer. Igual me estoy volviendo viejo. Antes no me perdía un concierto. Al de los Rolling Stones, si estoy en Barcelona, iré. Para jugar bien al tenis hay que tener distracciones, pero hay que saber mantener el ritmo de vida”, explicó a este diario. Una vez retirado, en 1992, se alejó de los focos y en sus últimos años entrenó a niños en el club de tenis de Premià de Dalt. “Estoy viviendo un peliculón impresionante”, concluyó Aguilera de aquella tarde en Hamburgo, el mejor tema de un artista dentro y fuera de la pista.