Simeone, un amigo

Por la escuadra

Quien dijo que Diego Simeone es de los que al rival ni agua con gas, cubitos de hielo y la dichosa rodaja de limón? ¿Por qué se le acusa de cicatear con el fútbol cuando este martes en Montjuïc fue generoso, empático y atrevido con el balón? ¿Tanto cuesta admitir que hay Simeone para los siglos de los siglos?

Diego Simeone fue un amigo, en toda su acepción, en la ida de la Copa del Rey frente al Barça. Cada vez que las cámaras enfocaban al banquillo colchonero, muchos culés se decían, entre admirados y moscas: ¿y teniendo disponible a Oblak opta por Juan Musso, 30 años, argentino pero no pipiolo?

Sorprende en un míster que no da ni agua al rival que sentase a un seguro de vida llamado Oblak

La suplencia de Oblak, uno de los mejores porteros del mundo, contribuyó a la remontada azulgrana y he aquí la gran paradoja. ¿Cómo es posible que un entrenador que se estruja por no conceder un milímetro de ventaja al rival sea capaz por algún extraño código de vestuario de hacer tamaña concesión a un rival poderoso?

Los que no conocemos a día de hoy los códigos de los vestuarios –soy de los que pierde el candado de la taquilla del mío con facilidad– nos preguntamos sobre las ventajas de saltar al campo con un portero sensiblemente inferior al titular, teniendo en cuenta que los guardametas son raros hasta en eso: cuanto más juegan, más en forma, cuantos más años cumplen mejores son sus prestaciones, entre las que prima transmitir autoridad aún a costa de perder reflejos.

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La observación puede parecer chantajista pero las cosas son como son: Juan Musso tuvo una mala noche. No soy el único que lo dice. En los cuatro grandes diarios deportivos, el portero rojiblanco fue el peor puntuado en las respectivas fichas técnicas. A toro pasado, cierto, me atrevo a pensar que Jan Oblak hubiese impedido alguno de los cuatro tantos azulgrana. Está en forma, no se encoge y es un valor seguro.

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El entrenador del Atlético de Madrid, Diego Simeone, este martes ante el Barça en Montjuïc

Enric Fontcuberta / EFE

Nunca he entendido la utilidad y la filosofía de esta moda de asignar al portero suplente –la vida es dura, no la he inventado yo– el privilegio de disputar una competición determinada de principio a fin aunque acabe siendo la única que pueda ganar su club. Si es una final, ¿qué sentido tiene alinear al menos bueno de tus porteros? No parece que para evitar que el titular se confíe en exceso –precisamente la portería es un puesto que pierde con el ruido– y todo apunta a un premio al esfuerzo, los entrenamientos sin recompensa –jugar– y virtudes humanas o profesionales que se escapan al espectador.

No serán los barcelonistas quienes pidan la titularidad de Oblak en la vuelta pero maravilla que un entrenador que todo lo mide y calcula conceda esta ventaja.

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