Desde la batalla de Little Bighorn –se cumplirán 150 años en el 2026–, nadie había visto caer al suelo a tantos jóvenes con futuro y las manos en la cabeza como en los partidos de la Liga de esta temporada. Caen y caen y vuelven a caer...
Cada vez que esto sucede, el que suscribe recuerda aquella sesión de tarde en el Capitol de Barcelona en la que vio Murieron con las botas puestas –¡de reestreno que conste! (la cinta es de 1941)–. Menudo berrinche. Los llamados buenos –los 700 hombres que integraban el Séptimo de Caballería de los Estados Unidos– eran diezmados muy malamente por los más de seis mil malos –los indios de diversas tribus– en un cerco angustioso. Todos iban palmando, y al final ya solo quedaba el general Custer, que, naturalmente, también cayó sobre el césped de Little Bighorn, entre el silencio de la sala –un maracanazo en toda regla– y la conmoción de los niños que nunca imaginamos que estas cosas les pudiera pasar a los del Séptimo de Caballería en concreto y a los buenos del Far West en general.
Teatro y fútbol: adiós a los piscinazos, hola a los desplomes fraudulentos con las manos en la cara
Hecha la ley, hecha la trampa. Los estamentos del fútbol y los aficionados tienen el detalle de dar tregua al espectáculo cuando un jugador recibe un golpe en la cabeza, sea un codazo, una caricia o un te quiero y un adiós. Impera el consenso para detener el juego, auxiliar a la víctima y evitar que siga jugando bajo los efectos de la conmoción. Con este espíritu, el VAR vigila con especial atención aquellas jugadas cuyo balance es un jugador tendido en el suelo, siempre manos en la cabeza, preferentemente en el rostro, que es lo más bonito que tienen los guapos. Cada córner es un Murieron con las manos en la cabeza, homenaje involuntario a Errol Flynn y las jóvenes promesas de la Caballería de EE.UU. caídas en el paraje de Montana.
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El ya excolegiado Mateu Lahoz consulta una imagen en el VAR
Las simulaciones de golpes en la testa van a más esta temporada. La moda tiene incluso una vertiente cómica, sobre todo cuando el espectador aprecia en la repetición que el choque afectó al hombro, el pecho o fue un leve roce. O incluso fue buscado...
Verdad o mentira, nuestros futbolistas han descubierto que desplomarse, manos en el rostro, y rebozarse con la hierba puede dar réditos millonarios: anular el gol subsiguiente, frenar un contraataque, regalar una tarjeta al rival o sabotear el ritmo del partido.
La tecnología del VAR ha terminado con la suerte artística del piscinazo (de estética inolvidable, las cosas como son). Adiós caídas en el área, hola simulaciones –una exageración lo es– de golpes en el rostro, en los parietales y cuantas partes componen la cabeza. Y, a diferencia del piscinazo –tarjeteable– , aquí el teatro sale gratis.