Joan Laporta sabía en agosto, desde el día en que estampó su firma en los contratos de Dani Olmo y Pau Víctor, que para inscribirlos el 31 de diciembre tendría que vender los ingresos futuros de las aproximadamente 200 localidades de los palcos más VIP del futuro Camp Nou Spotify. Y que ese paso implicaba un escrupuloso proceso de presentación de documentos en LaLiga: los contratos firmados de la operación, una auditoría que confirmara las valoraciones y los correspondientes ingresos de dinero como prueba de que se había ejecutado.
Lo dicen las normas, y con más motivo en el caso de un supervisor que ya se sintió burlado por una junta utilizando la venta fantasma de Barça Studios para ampliar su margen de inscripciones. Se lo habían dicho también los asesores financieros con los que negoció, por esos mismos días, un nuevo crédito puente de 100 millones para asegurar la caja del club. Es obvio que pese a saber todo eso, no lo ha hecho.
Un nuevo ejemplo de que las prácticas directivas en el Barça no son correctas, no solo por el error en sí; también por la falta de explicaciones y de la asunción de responsabilidades por parte de los implicados. Y eso que aún quedan por conocerse los detalles. ¿El coste de la operación será tan doloroso como se podría presumir atendiendo a las condiciones de la negociación, deprisa y corriendo, en una puja en la que toda la ventaja estaba del lado del comprador? ¿La sociedad titular de los derechos, repartida entre el club y el nuevo inversor, estará ubicada en algún lugar fiscalmente exótico y con socios anónimos como en el caso, también, de Barça Studios? ¿Se pagarán las comisiones injustificadas a los cobradores habituales?.
Este nuevo episodio de caos, improvisación y opacidad ha dado pie a que muchos se pregunten si la gestión de Laporta será capaz de fundir el vínculo, el poder de atracción – que incluye la marca, en el lenguaje de los negocios, pero que incorpora muchos más elementos– global del Barça, su verdadero tesoro, gracias al que genera la parte del león de sus ingresos en el adinerado mercado del futbol en el que opera, hasta el punto de suponer una amenaza existencial, sobre su futuro. Parece que la respuesta es que no. Los acuerdos con empresas como Spotyfy y Nike indican que, pese a todo, resiste y goza de buena salud. Pero no se debería jugar demasiado.

Joan Laporta durante un discurso reciente en plenas fiestas navideñas
El Barça vive una travesía del desierto que debería acabar cuando llegue la reapertura del Camp Nou –lo más razonable es pensar que no antes del próximo mes de septiembre– y sea palpable la progresiva reducción de la masa salarial, hasta una cantidad en torno a los 350 millones de euros la temporada que viene.
Pero es evidente que esta fase crítica se agrava hasta lo indecible por las prácticas de Laporta. El presidente ha convertido la actual transición, desde la penuria aflorada por la pandemia al esplendor que se espera con el futuro Camp Nou, en un cruel calvario para la afición y una montaña rusa económica que desacredita la entidad a los ojos del mundo entero.
Incluso las mejoras, como el aumento de la contribución de Nike, recientemente cerrada o la rebaja sustancial de la masa salarial se empequeñecen y contrapesan con asuntos como la fallida inscripción de Olmo o la conversión en pérdidas de algunas palancas.
La rocosa firmeza de la centenaria entidad deportiva, tantas veces puesta de manifiesto, explica su supervivencia a esta dura prueba. La imagen, la marca, es el escudo protector, la fuente de los recursos, aunque a estas alturas esté ya salpicado de magulladuras.
Casi cuatro años de mandato dibujan un modelo de gestión personalista, opaca y con prácticas de nepotismo. A la que se añade un amateurismo no reconocido, en las antípodas de la transparencia y profesionalidad que requiere una institución como el Barça, tanto por su complejidad y dimensión económica como por su trascendencia social.
La política económica, de ruleta de casino, desacredita al club a ojos del mundo
Y los testigos mudos de esas acusaciones son los muchos ejecutivos que han dejado el club, protestando con los pies contra los métodos del presidente y su entorno. Comenzando por su efímero primer director general, Ferran Reverter.
Mención especial merecen los pagos de multimillonarias comisiones. Inexplicables en general, pero especialmente cuando se trata de renovar con un patrocinador histórico como Nike, con el que se han firmado acuerdos durante 25 años consecutivos.
Si el fracaso en la inscripción de Olmo se consuma, el jugador queda libre y opta, contra sus propios sentimientos, por fichar por otro club, el coste económico podría alcanzar los 100 millones, la suma de su fichaje más el salario hasta la finalización del contrato. Cifra que entraría como un misil rojo en las cuentas del año, pérdidas directas, en la línea de flotación de un buque ya muy tocado.
En el mejor escenario, el prometido hasta ahora por Laporta y hasta ayer mismo desmentido de nuevo por la realidad, el improbable caso de que LaLiga diera marcha atrás se enmendase a sí misma y registrase al jugador, el impacto reputacional negativo seguiría siendo enorme.
En términos económicos, quedan aún otros agujeros negros por despejar. En primer lugar el tormentoso culebrón de Barça Studios dura tres años, la sociedad que iba a valer 1.000 millones y que el auditor cree que ni llega a los 208 en los que el club contabiliza su 54%.
Una aventura que ha contado con toda la pimienta de las malas prácticas financieras, desde el uso de inversores que no lo eran a la picaresca bursátil más desacreditada. Si todo va mal como hasta ahora y esa sociedad tuviera que contabilizarse a un valor próximo a cero (facturaba tan solo 74.000 euros) el roto sería de otros 208 millones.
Finalmente, está el expediente de Locksley Invest, titular del 25% de los derechos televisivos del club en LaLiga vendidos a un fondo, del que el Barça no recibirá nada durante 25 años, pero que en sus libros tiene un valor de 157 millones. En estos dos últimos casos, se trata de operaciones que la junta ha bautizado como palancas, ventas de activos que pese a su dudosa viabilidad han permitido ocultar al socio las pérdidas reales.
Estas palancas, a la que se suma la venta de los palcos VIP, han servido para apuntar ingresos de unos 1.200 millones durante el mandato de Laporta y presentar una fotografía que esconde unas pérdidas operativas que han superado de largo los 400 millones y se resumen en un patrimonio neto negativo de casi 100 millones, una situación que el presidente nunca ha conseguido revertir.
Ese maquillaje ha permitido mantener una desenfrenada carrera de fichajes, más de treinta, algunos a un coste injustificado, como si no hubiera una situación de emergencia y austeridad obligada. Argumento que se empleó para no renovar a Leo Messi, recién comenzado el mandato actual.
El tormentoso culebrón de Barça Studios dura tres años; el caso Olmo puede acabar en ruina
El Barça sobrevivirá, afortunadamente, a su gestión, pero con una reputación mellada, deslucida, olvidados los discursos sobre la ética, la transparencia, la responsabilidad social; una gestión de ruleta de casino. Con una economía muy frágil y un socio infantilizado, alienado de la realidad del club, al que se le dan pocas y averiadas explicaciones. Acorde con una democracia balompédica muy peculiar.
Y esto en el marco de una sociedad que se considera a sí misma avanzada y amoldada a su tiempo. Al final, un balance deportivo muy discreto, una liga y una copa y sin despuntar en Europa, con unas cuentas que no cuadran y en el que ya no se puede apelar a ser ejemplo de excelencia y referente en el mundo.