Como la realidad nunca cabe en nuestros esquemas conceptuales, el presente siempre nos llega con sorpresas. Culturalmente una de las más sonadas ha sido la del revival editorial del estoicismo en un tiempo que tiene poco de estoico. Como escribo estas líneas en unas fechas, la de Navidad, que parecen empeñadas en confirmar aquel famoso grafiti de Montparnasse que profetizaba que “ Seule religión, la consommation ” [la única religión, el consumo], no puedo por menos que preguntarme por qué en vez de hacernos estoicos nos limitamos a consumir estoicismo o, mejor dicho, aforismos inspiracionales de pensadores de un estoicismo relajado, como Séneca, Epicteto o Marco Aurelio. Que en los tiempos del emotional turn [giro emocional] estos pensadores resulten atractivos nos autoriza a sospechar que lo que tenemos delante es un neoestoicismo motivacional.
Cicerón sabía de qué hablaba cuando negaba que se pudiera ser estoico fragmentariamente, pues si se toca “una sola letra del edificio estoico, todo el conjunto colapsa”. El estoicismo fue la primera filosofía que se entendió a sí misma como un sistema en el que todo está relacionado con todo, de manera que la física, la lógica y la moral forman una red cerrada y autorreferencial de significaciones interdependientes. Para el estoico, la vida filosófica era el encaje, en cada uno de sus actos, de física, lógica y ética. Este encaje sería, a su vez, la expresión de una razón universal en la que coincidirían lo real y lo racional; lo posible y lo deseable; el futuro y el pasado.

Busto en mármol de Zenón de Citio, fundador del estoicismo. Se encuentra en el Museo Arqueológico de Nápoles
El sistema era la verdad compacta que ofrecía seguridad al iniciado. Hoy, sin embargo, sospechamos del sistema precisamente por su clausura. Intuimos, como María Zambrano, “una correlación profunda entre angustia y sistema, como si el sistema fuese la forma de la angustia al querer salir de sí, la forma que toma un pensamiento angustiado al querer afirmarse y establecerse sobre un todo” ( Poesía y metafísica ). Reconozcamos que estamos más cerca de Zambrano que de Zenón, el fundador de la escuela estoica. Por otra parte, si lo real es racional, en el estoicismo no hay lugar para esa queja adictiva que nos acompaña desde el emotional turn . Nada más ajeno a lo woke y a la imperante razón victimológica que una filosofía que niega la existencia de motivos racionales para la tristeza. Dice Séneca que lo peor del triste no es su tristeza, sino la causa de la misma: su estupidez.
Zenón, al enterarse de que todos sus bienes habían desaparecido en un naufragio, concluyó: “La fortuna me manda filosofar con más ligereza”. No somos –nos dice Epicteto– más que actores de un drama “que habrá de transcurrir como el autor lo quiere. Si quiere que representes a un mendigo, procura representarlo con naturalidad. Lo tuyo es esto: representar bien el personaje que se te ha asignado. Pero elegirlo le corresponde a otro”.
El estoicismo clásico. El estoicismo fue la filosofía predominante durante cinco siglos. Se mantuvo vigente desde su fundación por Zenón de Citio (332-262), discípulo del cínico Crates, hasta que el emperador Marco Aurelio (121-180) lo convirtiera en literatura moralizante.
Esta larga historia, como es comprensible, no está exenta ni de debates internos ni de simplificaciones. La más notable es la llevada a cabo por el estoicismo imperial, cuyos principales representantes son Musonio Rufo, Epicteto, Séneca y Marco Aurelio. En Roma la preocupación moral adquiere una clara preponderancia sobre la lógica y la física, traicionando así la concepción orgánica del estoicismo a la que tantos esfuerzos dedicaron los fundadores Zenón, Cleantes y Crisipo. En Marco Aurelio, por ejemplo, el vocabulario es mucho menos técnico que en Crisipo. En Musonio o en Epicteto las referencias a Sócrates son constantes. Séneca no ahorra elogios a Epicuro.
⁄ Estamos asistiendo a un ‘revival’ editorial del estoicismo en un tiempo que tiene poco de estoico
El estoicismo romano carece de ambición teórica y cae con frecuencia en la sentencia y el aforismo, como si quisiera seleccionar de la tradición las palabras más decorativas. No necesita sostener con argumentos sutiles la verdad del sistema. La da por supuesta y se limita a extraer los corolarios pertinentes a cada caso. Por ejemplo, si bien Séneca cita a Cleantes para dar fuerza a su convicción de que “el destino guía a quien lo acepta, pero arrastra a quien le opone resistencia”, apenas deja esbozada la idea. Con la autoridad de la fuente le basta. Es este neoestoicismo el que ha llegado a nuestras librerías, quizás porque, hartos de manuales de autoayuda, de cursillos de crecimiento personal y, en general, de psicología positiva y, al mismo tiempo, incapaces de renunciar a terapias cómodas, hemos encontrado en el neoestoicismo la manera de dotar de un barniz de respetabilidad a nuestra necesidad de consuelo. Acudimos al neoestoicismo como a las ruinas griegas. Todos queremos tener una foto frente al Partenón, pero no podemos hacer del Partenón nuestro hogar. Francisco de Quevedo es más honesto que nosotros cuando, en Nombre, origen, intento, recomendación y descendencia de la doctrina estoica, tras afirmar que ha estudiado esta doctrina, concluye: “No sé si ella ha tenido en mí buen estudiante”.
Nuestro estoicismo de consumo es una filosofía domesticada, carente de nervio y de coraje; es una decoración moral que no nos exige ponernos a prueba y nos preserva de la vida a la intemperie. Pero, precisamente porque el coraje es una de las principales virtudes estoicas, el estoicismo genuino era una constante práctica filosófica de la acción esforzada de uno mismo sobre sí mismo, con una cierta dimensión trágica, puesto que tenía por objeto alcanzar lo que el estoico de a pie sabía que nunca alcanzaría: la sabiduría. Se veía caminando incansablemente hacia un fin inaccesible en una trayectoria asintótica. Por eso mismo la virtud más valiosa es para él la permanente tensión del esfuerzo, incluyendo la voluntad de medir en las dificultades la distancia que lo separa del ideal.

Busto en mármol de Séneca. Se encuentra en el Museo Arqueológico de Nápoles
Física, lógica y ética. Para Crisipo no se podía ser estoico sin dominar a fondo la física y, además, sostenía que esta era la culminación de la enseñanza porque introducía en la teología, que era lo realmente importante. Dominar la física significaba entender el funcionamiento básico de la naturaleza a partir de los dos principios constitutivos de todas las cosas: la materia (principio pasivo, amorfo e indeterminado) y el logos (la energía constituyente que actúa sobre la materia dotándola de forma y movimiento). Seguir las manifestaciones constituyentes del logos era seguir las huellas de Dios.
Los estoicos romanos, menos ambiciosos, pasan por esta cuestión de puntillas, como si temieran enfrentarse a los problemas subyacentes a la misma. Epicteto, de manera muy socrática, tiene suficiente con admitir que lo importante para con los dioses es saber “que existen y que gobiernan el universo con perfecta justicia”. Acepta que “la naturaleza tiene que guiarnos” y que “la razón observa la naturaleza y la consulta”, pero se ahorra el esfuerzo de demostrar su relación con los primeros principios.
⁄ Cabe preguntarse por qué en vez de hacernos estoicos nos limitamos a consumir un estoicismo relajado
Para los grandes estoicos, el logos acababa triunfando sobre la materia, pero con su triunfo, su fuerza conformadora se quedaba sin objeto (sin materia que conformar), pero como al estoicismo nada le perturba más que la ociosidad, veía en el momento del triunfo del logos el motivo del reinicio del sistema. La energía no puede esclerotizarse. Todo vuelve a empezar. ¿Pero cómo recomienza la materia si ha sido vencida? Este es un problema central de la filosofía imperial, recogido tanto por los neoplatónicos (Plotino) como por los neopitagóricos (Moderato de Cádiz).
Nosotros, llegados a este punto, podemos preguntarnos si nuestro mundo, imbuido de historicismo, puede aceptar que la historia no es el fundamento de la moral, sino al revés y que, por lo tanto, lo nuevo es solo la última repetición de lo eterno.
Los grandes estoicos buscaron la manera de deducir de lo primero en sí (el ser de la realidad última) lo primero para nosotros (el deber ser). Es esta una cuestión mayor porque la ciencia, que se ocupa de lo primero en sí, sólo se muestra interesada por la verdad, no por la ética. La ética no es una variable de sus teoremas y, desde luego, no es una preocupación de las partículas elementales. La verdad científica, en su lógica, no es hoy una verdad filantrópica. No encontraremos guías morales en las conclusiones de sus silogismos. Sin embargo, parecemos buscar en los aforismos de los estoicos romanos un logos filantrópico que no necesite el soporte de un logos científico sobre la naturaleza. Pero sin la física estoica no hay un estoicismo que merezca cabalmente su nombre.

‘La muerte de Séneca’ (1773) de Jacques-Louis David. La escena, que recrea el suicidio del filósofo, ha sido reproducida por diversos pintores
Ni tan siquiera nuestra lógica es filantrópica. Se limita a construir razonamientos cuya forma los haga necesariamente verdaderos. Le interesa muy poco la materia de esos razonamientos. ¿Qué hacemos con la lógica de los estoicos, que sí es una lógica filantrópica?
El estoicismo que merece su nombre fue una filosofía del lenguaje muy original empeñada en clarificar los elementos y las estructuras del logos que hacían posible la correspondencia del lenguaje, la razón y la divinidad. La correspondencia entre lenguaje y razón era expresión de la correspondencia existente entre lo racional y lo real, lo posible y lo deseable, la ciencia y la moral, y, en última instancia, lo real y lo divino, clave de bóveda de todo el sistema. Si estas correspondencias no se encontraban, la culpa no era de los hechos, sino de nuestras opiniones sobre los hechos. De ahí que el sabio fuera el que con razón recta comprendía que nada hay discordante en el logos. No hay, pues, ética sin lógica. El error es un sesgo perceptivo originado por un equívoco: en lugar de ver las cosas en su dimensión lógico-física, las vemos en su dimensión emocional.
Si el espacio de manifestación del mal es el juicio emocional, resulta comprensible que el ideal estoico sea la apatía, la vida sin pasiones, imperturbable, que da su aquiescencia a todo cuanto le llega del futuro… La terapéutica estoica no pretendía ni regular las pasiones, ni moderarlas, ni gestionarlas de manera inteligente. A lo que aspiraba era a extirparlas por completo para purificar la razón.
⁄ El estoicismo fue la primera filosofía entendida como un sistema en el que todo está relacionado; la física, la lógica y la moral forman una red cerrada
En resumen, el estoico actúa de tal manera que en cada una de sus obras se encuentran conjuntados el pensar bien, el hablar bien, el vivir bien y el aceptar bien el destino. Como buen actor, sale al encuentro sereno del papel que le reserva el destino. Está convencido de que si la naturaleza lo ha creado, sería inconsecuente que no le hubiera dotado de medios para distinguir lo que le es apropiado, lo que le es indiferente y lo que le es perjudicial. Pero la naturaleza, consecuente, nos ha creado como los seres más naturales. Somos mucho más naturales que los animales porque estamos más próximos al logos.
Es nuestra misma naturaleza humana la que nos hace objeto de las atenciones de Dios (el destino). Si a veces se muestra riguroso, es debido a que no es un padre sobreprotector; sino un padre diligente. Si nos pone a prueba es para fortalecernos. Quien no ha conocido una adversidad no ha tenido la oportunidad de probarse a sí mismo; no sabe lo que vale. La virtud ambiciona peligros y Dios nos ha creído dignos de experimentar en lo que puede resistir nuestra naturaleza.
En consecuencia, ni los partidarios del animal turn, ni los críticos acervos del humanismo y del antropocentrismo, ni los profetas del transhumano deberían hallarse muy cómodos en el estoicismo.
⁄ Nuestro estoicismo de consumo es una filosofía domesticada, carente de nervio y coraje; una decoración moral que no nos exige ponernos a prueba
Coda. Desde que en 1998 Lawrence C. Becker publicó A New Stoicism, el neoestoicismo contemporáneo nos asegura que puede entrenar nuestra memoria de trabajo adaptativa, compensar nuestra vulnerabilidad emocional, mejorar nuestra resiliencia, guiarnos en la búsqueda de un propósito vital, facilitarnos la terapia cognitivo-conductual, proporcionarnos un coaching empresarial estoico, etcétera. Para más información acudan al portal Modern Stoicism (modernstoicism.com).
Conviene recordar que en Roma los filósofos perseguidos y crucificados no fueron los estoicos, sino los cínicos, filósofos de estentórea grandeza, sí, pero los únicos capaces de decirle al rey, cara a cara, que iba desnudo.
Fragmentos de Musonio Rufo, estoico romano del siglo I d.C. que fue maestro de Epicteto
“Si haces algo bueno con fatiga, la fatiga se va, lo bueno se queda; si haces algo vergonzoso con placer, el placer se va, la vergüenza se queda.”
“El maestro, si quiere enseñar de un modo filosóficamente digno, no debe esforzarse por presumir delante de sus discípulos de una gran cantidad de argumentos y demostraciones, sino, más bien, debe hablar de la manera adecuada para cada argumento, de penetrar en el intelecto de los oyentes, de decir cosas que convenzan y no sean fáciles de refutar.”
“Existe una disposición natural en el fondo del alma humana hacia la conducta honesta que es una semilla de virtud puesta en nosotros.”
“El hábito conduce a la capacidad de obrar, mientras que el conocimiento de la teoría conduce a la capacidad de pensar.”
“El hombre que quiere ser virtuoso no solo debe aprender bien las enseñanzas que conducen a la virtud, sino ejercitarse, con empeño y fatiga, en la práctica de esas enseñanzas.”
“La naturaleza humana no es, en modo alguno, la del lobo. Se parece en gran manera a la de la abeja, que no puede vivir sola y, si vive sola, muere.”
“De un caballo que comiera, bebiera y cabalgara a su antojo, sin hacer nada propio de un caballo, no se consideraría que cumpliera con su función. Tampoco de un perro que disfrutara, como el caballo, de todo tipo de placeres, sin realizar, sin embargo, ninguna de las actividades que hacen que los perros sean considerados buenos perros […]. No se puede decir que un animal que viva de esta manera viva según la naturaleza […]. La naturaleza de cada ser guía a cada uno hacia la virtud que le es propia. En consecuencia, es lógico que el hombre viva también según su naturaleza, sin consumir su existencia en el placer, sino en la virtud. Solo en este caso merecería con razón ser elogiado, tener confianza en sí mismo, confiar en el futuro y actuar con resolución, de lo cual necesariamente se deriva la felicidad y la alegría segura.”
“Filosofar no parece ser otra cosa que la búsqueda racional de la correcta manera de actuar.”
“El hombre es el único, entre todos los seres que viven en la tierra, que está hecho a semejanza de Dios, por eso las virtudes que le son propias son también las divinas.”
“Es imposible vivir bien el día presente si no lo consideramos como el último.”
“Serás digno de respeto si comienzas por respetarte a ti mismo.”
“La naturaleza del universo fue, es y será, y es imposible que lo que ha de suceder suceda de manera diferente de como sucede ahora.”
Bibliografía
Marco Aurelio
Meditaciones: El libro que reúne todo el saber del estoicismo
Arpa, 2023
Epicteto
Manual estoico de vida
Rosamerón, 2024
Jorge Freire (Ed.)
Felices como estoicos
Roca, 2024
Gomá, García Gual, Hernández de la Fuente
El estoicismo romano
Arpa, 2024
John Sellars
Lecciones de estoicismo
Taurus, 2001
Donald Robertson
Piensa como un emperador romano
Temas de Hoy, 2024
William Mulligan
Ser un estoico
Paidós, 2024
José María Zamora Calvo
Éticas estoicas
Tecnos, 2023