musicAeterna & Currentzis ★★★★✩
Lugar y fecha: Palau de la Música (23/III/2025)
No deja indiferente una versión como ésta de la última sinfonía de Bruckner. Y, como tal, nos lleva al terreno del gusto, distinto por supuesto de la crítica, dos campos cercanos y válidos. Y, como estamos en este último que apela a la reflexión, a lo racional, la duda es elemento importante, que no impide opinión.
Lo cierto es que después de escuchar y apreciar una versión de gran elocuencia de la Sinfonía nº 9 de Bruckner, ampulosa, pero a la vez de gran precisión en los pasajes comprometidos, con maestría en las trompas, una cuerda alta excelente y precisa, cellos con buena proyección y expresión y flauta y oboe magníficos, todos bajo la dirección de un señor que –como hacen los grandes bailarines– deja pasar la música por su cuerpo, con gestualidad a veces un poco brutal –no necesaria por cierto–, más visible en una persona de su estatura, la intensidad lleva a la catarsis del aplauso.
Currentzis muestra megalomanía en la expresión, un torrente exterior que impide la lectura más interior"
Y todos contentos, aunque algunas voces muy sensibles te señalan “una versión opulenta y desmedida” que no les ha gustado, y otras igualmente apreciadas ven lo contrario.
Guste o no, y esto es importante como interpretación, la partitura estuvo muy bien reflejada, con notables matices acentuados, un juego muy beligerante de contrastes en la secuencia de episodios en que se manifiesta Bruckner, exuberancia en los momentos temáticos que la sensibilidad del compositor –a pesar de la alternancia expresiva de la obra– desarrolla con maestría, siempre rondando en el contexto mental del oyente el momento culminante.
Es cierto que Currentzis muestra afinidad por una cierta megalomanía en la expresión, llevando el discurso a un torrente exterior que impide la lectura más interior, de un compositor marcado por la religiosidad, por la interioridad organística. Y cierto parece también que su acercamiento a esa interioridad la busca a través de aspectos exteriores como las dinámicas, los contrastes, y no tanto las tensiones o la transparencia, a veces presente. Pero la orquesta respondió convenientemente a la majestuosidad y también a los matices, mérito también del director por intentar, y reflejar, su palabra. Pero por encima de ambos está el compositor y su interioridad, que es necesario respetar, y que en nuestra dimensión de espectadores puede –o no– gustarnos cuando ganan la elocuencia y primer plano del intérprete. No obstante, yo encontré en la grandilocuencia, equilibrio y calidad que no afectan aquello que el compositor dejó escrito.